Autorretrato

2 abril 2014

PALOMA SÁNCHEZ-GARNICA

Nací el uno de abril de 1962, en el barrio de Chamberí de Madrid. Según me cuenta mi madre, vivíamos en un cuarto sin ascensor del barrio de Prosperidad, pero al mes de mi nacimiento nos mudamos a la calle Marcenado, a un tercero ya sí con elevador, cosa que debió de facilitar mucho la vida a mi madre teniendo en cuenta que tenía cuatro hijos. Por aquel entonces, mi padre se preparaba las oposiciones para catedrático, y cada domingo recitaba los temas a mi madre (de profesión ‘sus labores’), mientras ella le controlaba el tiempo. En 1966 consiguió la titularidad de la Cátedra de Patología General de la Universidad de Zaragoza, y allí nos trasladamos toda la familia, mis padres y mis hermanos.

 

Soy la menor de cuatro hermanos, detrás de dos varones y de mi hermana, ocho años mayor que yo. Desde muy pronto aprendí a pasar desapercibida a los ojos de los dos chicos para evitar recibir los ‘ataques’ que le correspondían a una por aquello de ser niña y, para más inri, la pequeña.

 

No obstante, recuerdo mi niñez feliz, organizada y acogedora. Fui al colegio de las Escolapias de Ruiseñores: conservo en mi mente aquel primer uniforme rosa, enseguida sustituido por el de las mayores, azul marino de tablas rebeldes y volanderas a merced de la fuerza del Cierzo, que en tantos apuros me puso, incapaz de sujetarlas porque tenía los brazos ocupados en aferrar el cerro de libros que todas llevábamos pegados al pecho al no estar de moda la cartera.

 

En aquellos años descubrí el poder que tenía la lectura para romper las barreras que tanto limitan la vida. Los libros de Enid Blyton, Las aventuras de los cinco y Los siete secretos, además de Los Hollister, me acompañaron durante infinidad de horas con historias increíbles que viví con pasión sin necesidad de salir de mi habitación.

 

Debía de ser yo algo rebelde, y ni las monjas me soportaban ni yo soporté a las monjas, y el tercero de BUP y el COU los cursé en la Academia Cima, situada en un antiguo edificio de la calle Cervantes, demolido y convertido hoy en pisos. Durante aquellos cursos tuve la suerte, no reconocida por mí entonces, de leer y estudiar a los Clásicos, gracias a la asignatura de literatura, lecturas obligadas pero que me dieron el conocimiento suficiente para que, algunos años después, pudiera disfrutar con su relectura.

 

Cada verano pasábamos quince días en la playa, al principio en Santander, luego en Salou, pero allí mi padre no iba porque no le gustaba, y nos enviaba a todos en un taxi mientras él se quedaba en Zaragoza y nos visitaba en fin de semana. En uno de esos fines de semana del 72 recuerdo con orgullo su sonrisa iluminando su cara al traernos la noticia de que le habían nombrado Decano de la Facultad de Veterinaria. En aquellos primeros años de la década de los setenta, una vez regresados de la playa, empezamos a ir a Navalcarnero, el pueblo de mis abuelos. Emprendíamos un viaje de más de seis horas, todos montados en un Seat 1500 blanco, sin aire acondicionado, con las ventanillas abiertas, con música de zarzuelas y de los coros del ejército ruso que salían del radiocassette; resultaba embriagador atravesar la árida meseta castellana al ritmo de la jota de La Dolores o tarareando la fuerza del estribillo de Kalinka, música elegida siempre por mi padre sin posibilidad de otra opción (no recuerdo ni a mi madre ni a ninguno de mis hermanos protestar por ello). Y por fin llegar a nuestro destino para pasar el resto del verano en la casa de mi abuelo, desde mediados de julio hasta mediados de septiembre, una casa de las de pueblo, con muros de medio metro que nos permitía dormir arropados aunque en el exterior el calor fuera insoportable. Aquellos veranos fueron cruciales, ya que durante nuestra estancia en aquel pueblo de Madrid, mi hermana, mi hermano mayor y yo encontramos a los que se convirtieron en nuestros respectivos cónyuges.

 

A Manolo le conocí a principios de agosto de 1979. Nuestro noviazgo duró dos años y medio, marcado por los viajes (él vivía en Móstoles, yo en Zaragoza), por intensos encuentros y despedidas compungidas, largas horas de tren por mi parte, o kilómetros de carretera de doble sentido conduciendo él un Renault 12 verde botella por las curvas de Medinaceli o las rectas de Guadalajara.

 

En ese periodo, mi padre enfermó y a pesar de sus ansias de aferrarse a la vida, las fuerzas le fallaron en abril de 1981. Su muerte desestabilizó un equilibrio familiar sustentado sobre él y su figura patriarcal. A mi padre le recuerdo autoritario y entrañable, frágil y fuerte, risueño y arisco, serio y muy divertido, pero sobre todo recuerdo las conversaciones que tuve la fortuna te mantener con él, pocas y muy escogidas, porque en apariencia, solo en apariencia, era inaccesible. A lo largo de los años he echado muchas veces de menos su consejo, sus palabras, su figura, su saber estar.

 

En marzo de 1982 me casé con Manolo, dejando colgada la carrera de Geografía e Historia. A partir de este momento hice todo al revés de lo que se considera habitual: tuve a mis dos hijos muy joven, pero desde el principio busqué, sin saberlo, esa habitación propia que muchos años después descubrí leyendo a Virginia Woolf, en la que pudiera desarrollar algo que fuera solo mío, al margen de mi labor de esposa y madre, haciendo cursos de ingles, de puericultura, de preescolar, hasta que decidí retomar los estudios universitarios, pero en vez de continuar Historia, inicié la carrera de Derecho siguiendo el consejo de mi hermano Juan Carlos, porque tenía más salidas. Me matriculé cuando mi hijo pequeño tenía ocho meses y el mayor tres años. Yo tenía 24 años y saqué la carrera en cinco años, cierto es que con mucho esfuerzo por mi parte, pero de poco hubiera servido mi trabajo si no hubiera contado con la ayuda y el apoyo de mi marido.

 

Vivíamos en Aranjuez y allí conocí a una registradora de la propiedad (Maria Victoria) que me animó a prepararme las oposiciones a registrador. Y así inicié una larga andadura de horas, días, meses y años de estudio y de memorizar todos los artículos del Código Civil y de la Ley Hipotecaria, nueve horas diarias, de lunes a sábado, durante cinco años, en los que de nuevo tuve a mi lado a Manolo. Recuerdo el día que me presenté al primer ejercicio, en el edificio de los Registros de la calle Príncipe de Vergara, las horas haciendo pasillo a la espera de que me llamasen para entrar por fin a la sala donde había una mesa larga, alzada en una tarima, detrás de la cual se sentaban siete señores, trajeados y de aspecto circunspecto; frente a ellos, una mesa pequeña y una silla (en la que yo debía sentarme), una botella de agua y unas páginas en blanco. El saludo nervioso y tenso, el pequeño bombo del que se extraían las bolas con los números de los temas que te tocaban en suerte, cinco bolas que determinarían mi futuro, y una vez sabidos los temas un par de minutos de reflexión y a empezar a hablar deprisa, con el cronómetro delante, soltando artículos y disposiciones legales. Y lo hice, durante una hora recité los temas sin levantarme (lo que hubiera supuesto tirar la toalla), y salí de allí como si hubiera librado una batalla campal, para de nuevo mantener una espera hasta que al final de la jornada alguien enunciaba los números que pasaban al segundo ejercicio. Cuando se saltó el mío tuve la sensación de que, en un solo instante, todo lo que había construido palabra a palabra en mi mente, quedaba arrasado, convertidos los últimos cinco años en una absoluta devastación.

 

Lo intenté con judicaturas y secretario de juzgado, pero al final, tras seis largos años dedicados a opositar, tuve el coraje (hay que tenerlo) de abandonar. Fue entonces cuando decidí ejercer la abogacía, ávida de salir a la calle, de hablar con gente, de ganar dinero con mi trabajo. Ya entonces me dijo mi hermano mayor, también letrado, que aquello no era para mí. Y tenía razón, aquello no era para mí por muchas razones, pero lo que realmente me animó a colgar la toga definitivamente fue la incipiente adolescencia que empezaba a despertar en mi hijo mayor, un cúmulo de hormonas por aquel entonces algo revolucionadas y que necesitaban de mi control.

 

Nunca me arrepentí de haberlo dejado. Durante los años en los que ejercí tuve una experiencia que me demostró que todo esfuerzo merece la pena. Sucedió la primera vez que actué en la Audiencia Provincial de Toledo para defender un recurso; después de hacer mi exposición, a la que los tres magistrados y el secretario del tribunal estuvieron muy atentos, me acerqué a presentarme al presidente de la sala, y le comenté que había estado preparando oposiciones; el magistrado me miró, se sonrió y abrió una carpeta para enseñarme una frase que había escrito a su compañero durante mi exposición que decía lo siguiente: ‘Ha preparado oposiciones’. Le pregunté, sorprendida, si tanto se me notaba, y él me contestó que la oposición imprime carácter. En ese momento me di cuenta de que tantos años opositando, además de carácter, me habían inculcado disciplina y constancia, actitudes imprescindibles para el oficio de escritor.

 

Una vez abandonada la abogacía retomé los estudios de Historia. En junio de 2003 me licencié en Geografía e Historia. Nunca antes me había planteado escribir, ni mucho menos ser escritora. En los meses siguientes hubo varios detalles que me impulsaron hacia la idea de escribir una novela, y el nueve de enero de 2004 empecé lo que se convertiría en El gran arcano. Todo lo que resultó de aquella primera obra fue muy gratificante, precisamente porque nunca esperé nada y todo me vino regalado. La brisa de oriente supuso para mí el firme compromiso con la literatura, desde los dos lados: como lectora y como escritora. El alma de las piedras y Las tres heridas son el resultado de ese compromiso, rematado con La sonata del silencio.

 

Desde que empecé a escribir mi primera novela en enero del 2004, he encontrado mi lugar en el mundo: la lectura y la escritura llenan mis días en la compañía, imprescindible siempre, de mi marido, al que admiro profundamente.

 

A medida que pasan los años, soy más consciente de lo importante que ha sido para mi vida haber aprendido a leer, algo que remarcó Mario Vargas Llosa al comienzo de su discurso de aceptación del Nobel en noviembre de 2010. Aprender a leer nos abre un mundo de oportunidades extraordinario. Sólo tenemos que aprovecharlas. En nuestras manos está hacerlo o dejar pasar la vida sin experimentar todo lo que la literatura puede llegar a aportarnos, engrandeciendo nuestra existencia.