11 marzo 2014

11-M

Hoy, hace diez años, yo estaba en Petra. De acuerdo a la diferencia horaria, calculo que en el momento en el que la Puerta del Tesoro se descubrió a mis ojos, vislumbrada entre los muros del Siq, estallaba la tragedia en Madrid. Ignorante de todo, continué adentrándome en aquella belleza de piedra rosada, admirando aquellas obras extraordinarias talladas en la montaña por la mano del hombre. La primera noticia me golpeó en el inicio del ascenso al Alto Lugar del Sacrificio; alguien habló de un atentado en un tren. A medida que íbamos subiendo cada uno del millar de escalones excavados entre escarpadas gargantas, las noticias me abofeteaban de la mano de cada español con quien nos cruzábamos: han sido varias bombas…, varios trenes…, hay ochenta y tantos muertos…, ya son ciento y pico… Ha sido una masacre… Y continué el ascendiendo con el pesar de lo que debía de estar sucediendo en mi Madrid del alma. Y con una sensación de ahogo y desconcierto, ajena todavía a la verdadera tragedia, llegué a la cumbre y miré al cielo, más cercano, más azul, preguntándome cómo era posible que el ser humano sea capaz de tanto.