19 octubre 2014

Cuando una mujer se empeña, no necesita otra cosa más que su voluntad.

El otro día en una entrevista escuchaba a Jose Manuel Blecua, director de la Real Academia Española de la Lengua, hablar sobre la cantidad de medios técnicos y de personal que se habían necesitado para sacar adelante el nuevo Diccionario de la RAE: más de cuatro años de trabajo, unas cien personas y todos los instrumentos que hoy brindan las nuevas tecnologías. Mientras le escuchaba, pensaba en una mujer que hace más de sesenta años, sobre la mesa del salón de su casa, con una máquina de escribir de aquellas de las de entonces en las que no existía el concepto de ‘editar’, ni ‘borrar’, ni ‘pegar’, ni ‘copiar’ si no era con un papel de calco que te ensuciaba los dedos dejando huellas en la blancura del folio o cuartilla, con un cerro de fichas y algunos libros de apoyo, redactó en solitario durante dieciséis largos años, el mejor Diccionario de uso español del momento, superando, sin lugar a dudas, al de la RAE de aquellos tiempos.

María Moliner tenía cuatro hijos y además trabajaba como bibliotecaria en la Escuela Superior de Técnicos Industriales de Madrid. En su afán de conseguir su empeño, María, madrugaba mucho y se ponía a trabajar en la mesa del salón hasta que llegaba la hora del desayuno familiar; entonces recogía sus bártulos para extender el mantel y las viandas; luego acudía a su aburrido puesto laboral, para continuar por la tarde con la minuciosa labor de recopilar vocablos y sinónimos, así como definir su etimología y reglas gramaticales en la misma mesa hasta la hora de la cena. A ella nunca se le ocurrió utilizar el despacho, siempre vacío, de su marido, ausente de lunes a viernes ya que impartía clases en la Universidad de Salamanca. En aquellos tiempos, las mujeres carecíamos de un lugar propio en la casa (‘la habitación propia’ de la que habla Virginia Woolf).

A cambio de su ingente labor de excelente resultado, la Real Academia de la Lengua rechazó la propuesta presentada por algunos de sus miembros solicitando su ingreso como miembro de la ilustre institución.

Está claro que con pocos medios también se pueden hacer cosas grandes si se tiene fe y voluntad en uno mismo y en el trabajo propio.