28 julio 2014

La luz de Gema

 

 Yo tengo el convencimiento de que la mayoría de la gente irradia energía…, unos positiva, negativa y oscura otros, pero de esta última no voy a hablar no vaya a ser que absorba el optimismo que quiero mostrar con estas palabras.

Hay personas a las que, con sólo acercarte, te iluminan con una luz especial, y sin apenas percibirlo (o dándote perfecta cuenta de todo) te sientes embargado de un inexplicable alborozo como un extraño y placentero pellizco de felicidad.

Gema trabaja en la octava planta de un edificio de oficinas cualquiera. El otro día, cuando entré y la vi después de un tiempo ausente de su puesto de trabajo, me recibió con una sonrisa deslumbrante. A primera vista, la delgadez le da un aspecto de fragilidad aparente…, sólo aparente…, porque cuando nos abrazamos la sentí enormemente plena, rebosante de esperanza, henchida de optimismo, engrandecida de vitalidad. Sabía que había estado de baja, pero no tenía ni idea de lo que le había sucedido.

Gema, como otras muchas mujeres, ha luchado y ha vencido a la adversidad del dolor, ha dispersado la sombra de la enfermedad y ahora sonríe, muy flaca todavía pero atiborrada de una plenitud que regala a espuertas a todo el que quiera recoger esa energía positiva… Yo la recogí y la llevo conmigo desde entonces, sin olvidar su sonrisa, su mirada resplandeciente. Estoy segura de que ha contado con el apoyo de su gente, con el cariño incondicional de los suyos, pero yo sé que ha tenido (y tiene, cual guardián diligente de que ningún rescoldo maligno vuelva a prender en su frágil cuerpo), los cuidados, el aliento y la motivación de la doctora Rubio, a la que desde aquí le agradezco que la haya curado, que haya sanado a mi querida Gema.

Por tu luz, por la plenitud que llena la delgadez de tu cuerpo, por tu sonrisa jubilosa de triunfadora que me regalaste… Gracias Gema… Gracias de corazón.