30 septiembre 2014

El ejercicio de releer

De niños leemos una y otra vez el mismo cuento, manteniendo en cada lectura esa ilusión de sorpresa constante tan presente en la infancia. Los pequeños lectores se muestran ávidos ante la historia que les ha fascinado, y, aunque sepan el final, recrean el cuento como si fuera la primera vez, porque tienen la espontánea voluntad de dejarse conmover y emocionar.

 

A medida que crecemos el ritmo de vida nos somete a hacer casi todo con prisa, incluido el hecho de leer, un acto que requiere todo lo contrario: una actitud lenta, serena, diría yo parsimoniosa. Pero hay tanto que leer, tanto por descubrir, tantos libros a nuestro alcance, y existe una extraña obligación de abarcar todas las lecturas como condición indispensable para estar dentro de la corriente de actualidad; y como consecuencia nos creamos una especie de necesidad artificial que puede llegar a ser contraproducente, porque, en ese afán de leerlo todo, corremos el peligro de pasar por encima de las lecturas sin apenas enterarnos, no ya del contenido, sino incluso del título y del autor (a quién no le ha pasado, intentar recordar el del último libro leído, no digamos ya el de hace un año).

 

Después de leer una novela que nos ha impactado, podemos decidir abandonarla (en muchos casos definitivamente) en la librería (o peor aún, en los Ebooks, que a falta de corporeidad se desvanecerá para siempre de la pantalla, incluso de la memoria y en muy poco tiempo) quedando al margen de nuestra vida, o bien retomarla y releerla de nuevo. A este respecto, escuché decir a Antonio Muñoz Molina que para disfrutar realmente de una novela tendríamos que leerla al menos dos veces; y lo comparaba con la música: cuántas veces podemos llegar a escuchar una pieza que nos guste, que nos haya erizado la piel, que nos haya conmovido; cuántas veces podemos llegar a ver una misma película si nos llega a emocionar. Y creo que tiene toda la razón.

 

Es conveniente por ello que practiquemos, aunque sea de vez en cuando y con libros muy determinados, el saludable ejercicio de releer, porque es seguro que encontraremos matices y detalles que nos harán profundizar mucho más en las entrañas de la historia, hechos que pasaron desapercibidos en una primera lectura, ávida de conocer qué pasará en la siguiente línea.

 

En la mayoría de los casos, en esta segunda lectura, el viaje literario se llega a convertir en un trayecto mucho más enriquecedor y sereno que aquella primera vez que tanto disfrutamos de sus páginas. Hagamos la prueba.