25 enero 2014

Sentimientos encontrados

Un mensajero acaba de llevarse, introducidas en un sobre, las galeradas de mi próxima novela. Esta ha sido mi última oportunidad de poder sobre ella. La próxima vez que la vea se habrá convertido en libro y ya no me pertenecerá, porque ya no podré alterar el curso de los acontecimientos que se desarrollan en esas páginas, ni podré cambiar el color de pelo de cualquiera de sus personajes, ni hacerle subir la escalera en vez de bajarla…

Durante muchos meses, mi vida ha estado invadida por una serie de gentes (irreales pero ciertas) que se fueron presentando a su antojo en mi quehacer diario, introduciéndose con mesura o con ímpetu, según los casos, en mi cotidianidad, convertidos en parte de mi costumbre y de mis horarios. Cada uno a su tiempo, o incluso todos a la vez, me iban contando su propia historia, susurrada en mi conciencia, en los lugares más extraños o poco habituales, como durante mi rato de natación (cuántas ideas me han surgido haciendo largo tras largo, obligándome a salir repitiéndomela una y otra vez para evitar olvidarme), o en el momento antes de caer dormida, como si al relajarse mi conciencia ellos tuvieran más espacio para entrar en ella y más capacidad de ser escuchados; pero también me han asaltado haciendo la compra, cocinando, en reuniones familiares o de amigos, paseando en soledad por la playa, escuchando la radio o frente a la pantalla del televisor. Mi aparente poder sobre ellos se ha manifestado en mis dedos al teclado, en las reiteradas relecturas, en borrados y añadidos. Sus vidas me han pertenecido, o sería más acertado decir que soy yo la que he cedido parte de mi ser para darles la oportunidad a ellos de construir su propia existencia. 

De ahí los sentimientos encontrados que me surgen cuando llega este preciso instante, en el que, de repente, recupero mi libertad, mi intimidad vuelve a ser mía, de nuevo controlo mi tiempo para salir o entrar a mi antojo, y sin embargo, y a pesar de todo, qué soledad siento, qué desasosiego, qué esperanzas contenidas en ellos, qué anhelos, que deseos de que dentro de unos meses alguien abra el libro, en el que todos ellos permanecerán agazapados, y cobren vida en la mente del lector gracias a la generosidad de su lectura. Ojalá sea así porque de lo contrario, sin la presencia de ese lector anónimo, de nada habrá servido su esfuerzo por existir…, mi esfuerzo para que existan.